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    Sirat: rave, electrónica y colonialismo bajo una estética impecable

    Es indiscutible que Sirat está siendo la gran protagonista de esta temporada de premios cinematográficos. Hace unas semanas se anunció que el film de Oliver Laxe ha sido nominado a mejor película internacional y mejor sonido en los Oscar, y a mejor película de habla no inglesa en los BAFTA, entre otros reconocimientos.

    La película cuenta la historia de un padre que, junto a su hijo menor de edad, emprende la búsqueda de su hija, desaparecida tras acudir a una rave. Un viaje que sirve como excusa para retratar una forma de vida nómada, atravesada por la fiesta, el desplazamiento constante y la música electrónica.

    Antes de continuar, conviene señalar que este artículo analiza Sirat en profundidad y contiene spoilers sobre momentos clave de la película.

    Estética y sonido para una experiencia envolvente.

    Cualquier persona que haya visto Sirat coincide en que la estética y los recursos musicales están extremadamente cuidados. La fotografía y el diseño sonoro no funcionan como simple acompañamiento, sino como pilares narrativos que nos ayudan a entrar en la historia y a entender la pasión y el vínculo emocional con la música electrónica.

    La película sabe cómo seducir desde lo sensorial. Pero la pregunta aparece pronto, ¿es suficiente una estética impecable para sostener el relato? ¿Qué se nos está contando realmente cuando el desierto del Sáhara se convierte en escenario de una rave al ritmo de techno?

    Y, más importante aún, ¿en qué lugar deja esta representación a quienes entendemos la electrónica como algo más que una banda sonora?

    Lo que la película decide no contar

    Superado el primer visionado, más superficial, y reconociendo el gran trabajo técnico, Sirat deja un mal sabor de boca por cómo trata, o más bien evita tratar, el contexto geopolítico del territorio en el que se desarrolla.

    En varios momentos se hace referencia a conflictos armados globales e incluso a una supuesta tercera guerra mundial. Más adelante, cuando los personajes se dirigen hacia una nueva rave, se menciona que esta se sitúa cerca de la frontera con Mauritania. Sin embargo, el film omite por completo que ese territorio forma parte del Sáhara Occidental, una región pendiente de descolonización y ocupada por Marruecos, el último territorio africano que sigue sin resolverse tras el colonialismo europeo.

    Que una película española decida dejar este conflicto fuera de plano no es un gesto inocente. La omisión despolitiza el territorio y proyecta la escena rave, y a quienes la habitan, como sujetos ajenos al contexto, desconectados de cualquier conciencia política.

    La relación rave y política

    Esta lectura resulta especialmente problemática si entendemos que la música electrónica y las raves no son espacios neutros. Históricamente han sido lugares de disidencia, comunidad y resistencia. Vaciar la electrónica de su dimensión política implica reducirla a una estética atractiva, pero descontextualizada.

    La película parece construir una imagen de la rave como experiencia puramente sensorial, desligada del territorio que ocupa y de las realidades que atraviesa. Una visión que choca frontalmente con lo que la cultura rave ha significado para muchas personas, una forma de conexión con el cuerpo, con el entorno y con la comunidad.

    La última gran fiesta

    Esta problemática se intensifica en la escena final, cuando Oliver Laxe decide detonarlo todo en un campo de minas antipersona. Más concretamente, en el Muro Marroquí, una barrera militar de más de 2.700 kilómetros que separa el territorio ocupado por Marruecos del controlado por el Frente Polisario, considerada una de las zonas minadas más extensas del mundo.

    Convertir este espacio en el escenario de la última gran fiesta no solo banaliza la violencia que lo atraviesa, sino que deshumaniza una problemática real, fruto directo del colonialismo. El territorio aparece como un decorado exótico, no como un espacio habitado y atravesado por décadas de conflicto.

    Óliver Laxe

    ¿Dónde están los cuerpos africanos?

    Otro aspecto difícil de ignorar es la casi total ausencia de presencia africana en la película. Esta aparece únicamente asociada a figuras militares, que representan el control y ocupación, o de forma despersonalizada en la escena final.

    Que una historia ambientada íntegramente en África esté protagonizada casi exclusivamente por cuerpos europeos refuerza la idea de la rave como una forma de turismo extractivo. Una imagen que se aleja radicalmente de la rave como práctica de respeto, cuidado y conexión con el territorio que se habita.

    Cuando la electrónica se queda sin contexto

    Sacar la carga política, militante y comunitaria de la música electrónica es vaciarla de sentido. Más allá de su envoltorio formal, Sirat acaba funcionando como un blanqueamiento de la ocupación y colonización del territorio saharaui, ejercida durante décadas tanto por España como por Marruecos.

    Esto no significa negar el valor artístico de la película. Significa cuestionar el relato que construye y el lugar desde el que mira.

    Este texto no pretende deslegitimar Sirat, sino invitar a una lectura más crítica. Cuando se habla de cultura rave es importante entender que hay mucho más que solo fiestas y es importante- preguntarnos qué discursos se refuerzan cuando se separa la electrónica de su contexto político y social.

    Reivindicar la rave como algo más que ocio implica reconocerla como espacio de cultura, comunión y resistencia. Porque la fiesta, cuando es real, nunca ha sido apolítica.

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