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    CLUBBING Y DROGAS: cómo el consumo ha marcado cada etapa de la cultura electrónica

    El club y la música electrónica son mucho más que mero ocio. Históricamente han sido un espacio cultural, social y político donde muchas minorías y personas disidentes han encontrado refugio. Un lugar donde existir sin tener que justificarse. Bajo la noche, lejos de las normas y de las miradas del día a día, el club ha acogido ideas de progreso y, al mismo tiempo, una necesidad constante de jugar, experimentar y llevar el cuerpo a otros límites.

    Por eso no es casualidad que la cultura club haya ido de la mano del consumo de sustancias psicoactivas. No como un elemento anecdótico, sino como una variable clave para entender cómo han evolucionado las fiestas, la música y su relación con la sociedad.

    LOS ORÍGENES: los clubes como refugio (años 70 y 80)

    Pongámonos en contexto y nos movemos a los orígenes del clubbing moderno, entre los 70 y los 80, donde los clubes eran frecuentados en gran parte por esas personas excluidas de la sociedad. En esos espacios donde se difuminaba la individualidad, se protegía la colectividad y no importaba tu origen o forma siempre que respetaras lo común.

    En un contexto social rígido que dejaba fuera muchas maneras de existir, la comunidad que se formaba en los clubes se volvió más necesaria que nunca. Y ese ambiente de libertad corporal que permitía bailar, sudar, tocar, moverse sin pedir permiso, estuvo acompañado por sustancias asociadas a la desinhibición y la socialización. El club se convirtió en un espacio sensorial total, y las drogas que amplificaban la percepción formaban parte del menú habitual de la noche.

    LA EXPLOSIÓN RAVE Y EL MDMA: la pista como un solo ente emocional (años 80 y 90)

    Entre finales de los 80 y los 90, la cultura rave se populariza y el fenómeno se amplía. Las fiestas dejan de ser un lugar exclusivamente para los márgenes y empiezan a acoger a públicos más diversos. En muchos casos, la idea de comunión se mantiene, el colectivo sigue siendo más importante que el individuo. Pero el formato cambia. Las fiestas son más grandes, más masivas y, sobre todo, más largas.

    A nivel musical, los sets se vuelven más repetitivos e hipnóticos, y los BPM se sostienen durante más tiempo. En ese contexto, la llegada del MDMA encaja como una pieza casi estructural, la pista se transforma en un solo ente emocional que no deja de bailar durante horas.

    La consecuencia directa es una normalización del after y de las fiestas interminables. La vuelta al mundo real se vuelve más difícil, más lenta y más pesada. Y como toda acción tiene su reacción, aparecen las primeras consecuencias visibles de un consumo excesivo y, con ello, los primeros debates sobre riesgos, abuso y límites.

    DE LA CONTRACULTURA AL PRODUCTO: el club como mercado (años 90 y 2000)

    Entre los 90 y los 2000, la música electrónica deja de ser solo underground y se vuelve cada vez más comercial. En muchos espacios, el foco se desplaza, se pasa del colectivo al individuo. Las fiestas tienen dueño, y este quiere que consumamos.

    Más horas dentro del club se traducen en más dinero. El sentimiento de comunidad emocional se debilita, mientras crece el rendimiento social. El club deja de ser únicamente un lugar donde existir y experimentar con el cuerpo para convertirse, cada vez más, en un espacio de estatus. Un escaparate. Y para sostener ese rol social que nos obliga a conversar, aparentar, aguantar, rendir. Hace falta estar operativo.

    En este cambio de paradigma más capitalista la cocaína encaja perfectamente, una droga que permite aguantar sin dejar de ser un producto social.

    INTERNET, ACCESO Y NUEVAS SUSTANCIAS: más facilidad, más riesgo (2000s)

    Con la llegada de internet y su consolidación en la primera década de los 2000, cambian muchas reglas del juego. En ciertos contextos, el consumo se democratiza, las sustancias se vuelven más accesibles, más comunes y menos misteriosas. La información circula, el tabú se reduce en algunos entornos, y también se pierde parte del respeto que antes imponía la clandestinidad.

    A la vez, aparecen con más fuerza otras sustancias, como la ketamina o el GHB que, por falta de conocimiento real, se consumen muchas veces sin comprender del todo sus riesgos asociados, especialmente en entornos de calor, cansancio, mezclas y largas horas de fiesta.

    Pero no todo se mueve hacia el exceso. Como respuesta a esa normalización acelerada, empiezan a surgir también espacios virtuales donde se recupera algo fundamental, el cuidado comunitario. Consejos, recomendaciones, advertencias, herramientas para ayudar a alguien bajo los efectos de una sustancia. Una forma de resistencia basada en la democratización de la información y la reducción de riesgos.

    ESCENA ACTUAL: hiperintensidad, aguante y clubbing como reto físico (2010s–2020s)

    Siguiendo esa línea, en la segunda década de los 2000 y hasta hoy, muchas escenas entran en un punto de hipertensión. Con el auge del hard techno en circuitos cada vez más mainstream, las pistas se vuelven más exigentes, incluso hostiles. Salir de fiesta se convierte en un reto físico. Ya no cuenta solo llegar hasta el final, con opción a after, sino cómo se llega.

    Se reafirma una lógica de consumo pensada más para aguantar que para sentir. Consumimos eventos como si no nos importara la música, al mismo tiempo que los eventos nos consumen a nosotros. Una visión del club cada vez más acelerada, más funcional y más capitalista.

    Y precisamente por eso cobra sentido volver a mirar los orígenes, recuperar el sentimiento de comunidad que hizo de la música electrónica un espacio de contracultura. En paralelo a la escena más masiva, surgen colectivos, salas y festivales autogestionados que devuelven peso al underground, al cuidado y a lo común. Espacios que no incitan a un consumo sin sentido, pero al mismo tiempo te animan a que si tu quieres consumir lo hagas con conocimiento y respeto.

    Una relación inevitable, pero no romántica

    La música electrónica y las drogas han ido de la mano en gran parte de la historia del clubbing. No se puede explicar la evolución de una sin hablar de la otra. Las sustancias han servido para construir comunidad, para salir momentáneamente de la realidad y para vivir el cuerpo desde otro lugar. Y aunque muchas veces nos pongan en riesgo, es precisamente ese vértigo lo que a veces nos conecta a la vida.

    Pero la historia también nos ha enseñado que mirar hacia otro lado solo provoca desinformación, y la desinformación se traduce en abuso. Al mismo tiempo, romantizar el consumo también es perderle el respeto. En esa fina línea se encuentra la idea de consumo responsable. Una cuestión de madurez individual, sí, pero también de compromiso colectivo.

    Porque los clubs, festivales y fiestas no pueden desentenderse de la escena que construyen. Deben ofrecer espacios seguros, tanto en lo tangible, puntos de hidratación, climatización, descansos, acompañamiento, como en lo esencial, crear ambientes donde exista el respeto.

    Al fin y al cabo, los clubes nacieron para ser un refugio para quienes no encontraban seguridad en la sociedad. Y aunque hoy formen parte de lo mainstream, ese origen no solo debería recordarse, debería protegerse.

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