Un jurado en Nueva York acaba de condenar a Live Nation por monopolizar la música en vivo. El modelo que han juzgado —controlar la cadena completa, desde el artista hasta la entrada— no es exclusivo de Estados Unidos. Aquí también existe, a otra escala y con otros nombres.
El 15 de abril de 2026, un jurado federal en Nueva York declaró culpable a Live Nation Entertainment y su filial Ticketmaster de monopolizar ilegalmente el mercado de la música en directo en Estados Unidos. El veredicto, resultado de una demanda presentada en mayo de 2024 por el Departamento de Justicia (DOJ) junto a 33 estados y el Distrito de Columbia, no es solo la mayor sentencia antimonopolio en la historia de la industria musical. Es también un diagnóstico. Y ese diagnóstico habla de algo que, en distintas formas y proporciones, ocurre también aquí.
Para entender por qué importa a alguien que sale de fiesta en Barcelona (o la organiza) hay que empezar por entender qué es lo que se ha juzgado realmente.
No es solo Ticketmaster. Es el modelo
Porque el error más común al leer esta noticia es reducirla a una historia sobre comisiones abusivas o entradas caras. Sin embargo, el juicio va mucho más lejos. Porque lo que el DOJ puso sobre la mesa en 2024 fue una descripción de cómo Live Nation ha construido, durante más de una década, un sistema de control total sobre la cadena de valor de la música en vivo.
Los propios fiscales lo nombraron con una palabra precisa: flywheel, rueda giratoria. En los documentos de la demanda lo describen de la siguiente manera: el modelo se autoalimenta capturando comisiones e ingresos de los fans, usando ese dinero para atar a los artistas con contratos de promoción exclusivos y, después, usando ese catálogo de contenido vivo para obligar a los recintos a firmar acuerdos exclusivos de ticketing. Lo que empieza de nuevo el ciclo. Una rueda que, una vez en marcha, se vuelve casi imposible de detener desde fuera.

Ese mecanismo tiene un nombre técnico, conocido como integración vertical. Y es que Live Nation no compite en un solo segmento del negocio; controla simultáneamente la promoción de giras, la propiedad de más de 370 recintos y la distribución de entradas a través de Ticketmaster, que gestiona en torno al 70-80% del ticketing primario en grandes recintos estadounidenses. Cuando tienes esos tres eslabones en la misma mano, puedes hacer que quien no pase por ti tenga muy difícil operar. El jurado lo reconoció, y determinó además que Ticketmaster cobró a los consumidores 1,72 dólares de más por entrada como consecuencia directa de esa posición.

De hecho, el DOJ llegó a un acuerdo sorpresa con Live Nation a mitad del juicio —obligando a la empresa a limitar comisiones al 15%, abrir sus recintos a promotores competidores y disolver acuerdos exclusivos con 13 anfiteatros—, pero más de 30 estados rechazaron ese pacto por insuficiente y continuaron hasta el veredicto final. Ahora el juez Arun Subramanian deberá determinar la sentencia, que podrían incluir la separación forzosa de Live Nation y Ticketmaster. La empresa ha anunciado que recurrirá.
El modelo no tiene pasaporte
En la escena techno y de clubbing en España, Live Nation apenas tiene presencia directa. Sus operaciones aquí se concentran en grandes giras internacionales y festivales mainstream: Mad Cool, BB Festival, Dcode. En otras palabras: para alguien que sale a bailar en Barcelona los fines de semana, Live Nation es casi irrelevante.
Sin embargo, el modelo que acaba de ser condenado en Nueva York sí existe aquí. Con otros actores, otras escalas, otras formas. Y el juicio nos ha dado un vocabulario nuevo para nombrarlo.
Superstruct Entertainment: el que compra festivales
El actor que más directamente replica la lógica de Live Nation en España no se llama Live Nation. Se llama Superstruct Entertainment. El grupo inició su implantación en España en 2017 adquiriendo parte de Elrow Global, la empresa que organiza Monegros Desert Festival. Un año después compró una participación en Advanced Music, la promotora catalana del Sónar. Desde entonces, el crecimiento ha sido sistemático: Brunch Electronik, Viña Rock, Resurrection Fest, Arenal Sound, Bass in the Park, Brunch-In the Park, el FIB de Benicàssim, O Son do Camiño, Madrid Salvaje, Morriña Fest… Más de treinta festivales en España bajo el mismo paraguas, con más de dos millones de asistentes en 2024. Solo en el territorio nacional. Globalmente, Superstruct gestiona más de 80 festivales, entre ellos Awakanings o Milkshake, lo que la posiciona ya como el segundo mayor promotor de festivales del planeta, solo por detrás de Live Nation.
En 2024 llegó un movimiento que completó la imagen: el fondo de capital privado proisraelí Kohlberg Kravis Roberts (KKR) adquirió Superstruct por 1.400 millones de euros, convirtiéndose en su propietario mayoritario. La respuesta artística fue inmediata. Más de 95 DJs y artistas firmaron una carta abierta durante la preparación del Sónar 2025 pidiendo explicaciones sobre los vínculos del festival con KKR. El propio festival respondió que «la independencia artística permanece intacta», aunque reconoció que la operación de compra fue «puramente financiera» y se realizó sin su intervención ni su voto.

Pocas semanas después, Superstruct compró Boiler Room, la plataforma de streaming de música electrónica que desde 2010 ha sido uno de los canales de difusión más influyentes de la escena global. Además, también engloba cuatro empresas de servicios: Playground, una agencia de creatividad, Liffin, que monta campings para festivales, TWOFIFTYK, que diseña los escenarios y la producción e Interstage, empresa de montaje de estructuras temporales.
Y ahí, precisamente, está el paralelismo estructural con Live Nation: una misma entidad que controla, monta y organiza los festivales donde actúan los artistas, una plataforma audiovisual donde esos artistas ganan visibilidad global. No es un monopolio en el sentido legal del término —Superstruct no controla el ticketing, el eslabón que en el caso americano fue determinante—, pero la lógica de acumulación de eslabones es la misma. El juicio en Nueva York demuestra que el peligro no empieza cuando tienes toda la cadena, sino que empieza mucho antes.
Midnight Group: cuando la concentración es de aquí
Si Superstruct representa la entrada de grandes fondos internacionales en la industria musical, en Catalunya también existen modelos de crecimiento desarrollados desde el propio ecosistema local.
Midnight Group —Midnight Barcelona SL— es una empresa promotora con sede en Barcelona que ha ido construyendo, de forma orgánica, una estructura de integración vertical a escala regional. Bajo su paraguas operan festivales de perfil electrónico como Duro Festival, Tramunfest, Bass in the Park o Mosaic Festival, junto a otros de carácter más ecléctico como Cabrorock o Mediterrànea. También gestionan salas como La Cabra en Vic o Waka en Sabadell, marcas itinerantes arraigadas en la escena de clubbing catalana —No Es Ruido, Ravers from BCN, Àcida, Sector 130, Pont Aeri—, el management directo de varios artistas del circuito local —como Xavi Metralla, Gea, Pastis y Buenri o Amygdala— una empresa de montaje de escenarios e infraestructuras (Midnight Logistics) y una agencia de comunicación y marketing digital (Mucho Ruido).

Más allá de valoraciones, su estructura refleja una tendencia cada vez más visible en la industria, la concentración de distintos servicios —promoción, venues, management, producción técnica y marketing— dentro de un mismo grupo empresarial. Un modelo que permite ganar eficiencia, reforzar marca y tener mayor capacidad operativa en un mercado cada vez más competitivo.
La pieza pendiente en esa cadena sigue siendo la ticketera, lo que conecta directamente con el debate abierto tras la sentencia de Ticketmaster y Live Nation.
RA y Xceed: cuando la plataforma es el poder
En la escena de clubbing y techno, el control del ticketing no funciona como en los grandes recintos. Los clubs no firman contratos exclusivos a diez años con Ticketmaster. Pero hay dos plataformas que han adquirido un peso estructural difícil de ignorar: Resident Advisor y Xceed.
Resident Advisor nació en 2001 como guía de eventos underground y ha evolucionado hasta convertirse en la infraestructura de referencia de la música electrónica global. Hoy conecta a más de 50 millones de fans con 200.000 artistas y promotores en todo el mundo, y su plataforma de ticketing opera en más de 50 países. En Barcelona, estar listado en RA no es opcional para un promotor que quiera llegar al público techno internacional y al turismo de clubbing. No estar implica, en la práctica, ser invisible para una porción significativa de tu audiencia potencial.
Xceed, fundada en Barcelona en 2014, opera con una lógica complementaria pero diferente. Su herramienta B2B, Xceed Nightgraph, ofrece a los clubs gestión de listas, venta de entradas, reserva de mesas VIP y analítica en tiempo real. Con una comisión aproximada del 5% más 0,60 euros por entrada —moderada comparada con el 13% de Dice o el 20-35% de Ticketmaster para grandes eventos—, su propuesta de valor es real. Pero hay un matiz que la comparativa sectorial española señala explícitamente: los datos de los compradores nutren la aplicación global de Xceed, y los pagos se retienen con frecuencia hasta después del evento.
Ahí está la pregunta que el juicio americano obliga a formular, aunque no la responda: ¿en qué momento una plataforma de comunidad se convierte en una infraestructura de dependencia? El caso Live Nation no trata de plataformas que cobran comisiones: trata de actores que, gracias al control del canal de distribución, adquieren una posición desde la que pueden condicionar el acceso al mercado. RA y Xceed no están acusadas de nada parecido. Pero el efecto de red que ambas han construido —cuando toda la comunidad está en una plataforma, salirse tiene un coste real de audiencia— reproduce, a menor escala, la misma lógica de dependencia que el DOJ llevó a juicio.
La pregunta que deja el veredicto
El juicio Live Nation no condena la concentración en sí misma. El juicio condena la concentración cuando se usa activamente para excluir competidores y extraer rentas a lo largo de toda la cadena. Esa distinción es importante: Superstruct, Midnight y el caso de Xceed y RA han sido seleccionados para este artículo como ejemplos que ilustran el poder del crecimiento en la industria, pero no están acusados de monopolio y no existe ninguna evidencia de que operen fuera de la legalidad.
Lo que el veredicto del 15 de abril sí hace es darnos un marco para hacernos preguntas que antes carecían de vocabulario.¿Qué ocurre con la diversidad de la escena cuando un número reducido de actores concentra simultáneamente los festivales, los recintos, los artistas y los canales de comunicación? ¿Qué capacidad de negociación tiene un colectivo techno independiente frente a estructuras que integran verticalmente toda la cadena de producción de un evento? ¿Quién se beneficia realmente cuando el dato del comprador de una entrada en un club de Barcelona viaja a los servidores de una plataforma global?
Son preguntas, no acusaciones. Pero el hecho de que un jurado en Nueva York haya tardado cuatro días en responderlas sobre Live Nation sugiere que vale la pena empezar a formularlas también en casa.
